Yo no nací para ser rey
La cerveza, cuando es reflexiva y tranquila, cuando se toma adecuadamente, al ritmo pausado que el enamorado de la pipa escoge para hacer su ritual, lleva al intelecto a lugares no explorados. No tiene el efecto fulminante y espeso de los cubatas de garrafón, ni siquiera el sedante efecto del buen alcohol; no... debe ser algo parecido a lo que dicen que es la muerte por congelación en las laderas del K2 o de cualquier otro ochomil: un sopor calentito que te transporta a otro mundo.
Bajo ese interesante efecto escribo ahora estas líneas, sabiendo que, como tantas otras líneas, éstas están condenadas a contenerse a sí mismas hasta el fin de los tiempos. No creo que a ellas les importe si tienen sentido o no. No, no lo creo. Pero en fin, es lo que hay. Voy a declararme herramienta de las palabras y a dejar que ellas me usen, porque ya no creo en la falacia de pensar que soy yo quien las utiliza a su gusto. A ello.
Yo no nací para ser rey.
Punto. No nací para tener una corte alrededor, ni para dirigir ejércitos a la victoria o a la derrota. No nací para aguardar ataques y tener a mi gente delante y detrás guardándome la cara y la espalda. No nací para tener una mujer que diera la cara por mí. No, no nací para ser rey.
Tampoco nací para ser dama.
O reina. Prefiero dama. No nací para ser casi omnipotente, ni para usar ese poder. No nací para ser el ariete contra una muralla según los románticos, ni para aguardar pacientemente detrás según los matemáticos. No nací para ver cómo mis compañeros caen mientras una mano invisible me salvaguarda para otras tareas. No, no nací para ser dama.
Ni torre.
Tampoco nací para ser torre. Carezco de la paciencia y solidez de la torre, también de su fuerza y de su capacidad para guardar una columna. Tampoco me siento a gusto esperando al juego medio, mientras otros compañeros tienen sus escarceos en tempranos tiempos. No, no nací para ser torre.
Tampoco alfil.
Carezco de las espectaculares arrancadas, de la visión de juego y de la intensa y aguda fuerza de una navaja cuando presiona en el punto exacto que tienen los alfiles. No tengo la mira telescópica del fianchetto, ni la resignación de ocupar solamente la mitad de las casillas del tablero. No, no nací para ser alfil.
No nací para ser caballo.
Carezco de esa capacidad de improvisación que hace tan temibles a los caballos. No tengo su versatilidad ni su visión de la celada o del jaque ahorquillado, ni la fuerza del impresionante sonido de una legión de caballeria lanzada a la carga. No, no nací para ser caballo.
No. Nací para ser peón.
Simple y sencillo, pieza en manos de otros. Paladín de tantos y tan nobles finales de partida. Trabajador pequeño en el que de repente se posan todas las esperanzas para algo que pudiera ser algo más. Primeros en caer, últimos en pie, defendiendo a su rey. Y a su dama. Y a quien haga falta. Capaces de, en un momento dado, cambiar su unidireccional y fijo camino para capturar otra pieza. Capaces de, llegado el momento, convertirse en otra cosa.
Ojalá... ojalá, pueda en algún momento llegar a saber lo suficiente para llegar a ser un peón.